sábado, 7 de abril de 2007

Todo empezó así

Todo empezó aquel día en que volvió un poco más tarde de trabajar. Por el camino a casa, el viento movía los árboles a uno y otro lado de la calle. La llave, como cada noche, se atrancó un poco en la cerradura y tuvo que hacer fuerza para poder abrir. Era del tipo antiguo: grande y pesada, no adecuada para la vida moderna. Igual que la casa. Aunque la calle ya no era como antaño, aunque los edificios de diez pisos habían disipado el carácter rural del entorno, la casa de Adazat mantenía orgullosamente erguidos sus gruesos muros de piedra, y la puerta de entrada chirriaba al entrar. Pero esa noche no importaba. El sonido del viento, agitando las hojas de los árboles, mitigaba el ruido. Dejó tras de sí el áspero meteoro de un portazo enérgico, se liberó de la mochila y el abrigo en un solo movimiento y colocó ambos objetos sobre la silla del zaguán. No despertó a nadie. Los demás no estaban. Estarían fuera todo el fin de semana. Aquel viernes había estado pensando todo el día en lo que iba a suceder en ese momento, por fin había llegado la hora...

Subió hasta el segundo piso y abrió la trampilla que comunicaba con la buhardilla. Hizo bajar la escalera desplegable y fue agotando los pocos escalones que le separaban del cielo negro y ventoso de aquella noche tan especial. El techo de la buhardilla era de cristal y tenía la costumbre de contemplarlo mientras ascendía hacia ella. Una vez arriba, cerró la trampilla y se acercó a la cama a buscar lo que le había llevado allí. Pero de repente, las luces se apagaron. Miró por el techo y le pareció que se veían las estrellas mejor que nunca. Fue tal la alegría que sintió que decidió tomarse su tiempo para disfrutar de ello. Se quitó la ropa y se tumbó en el suelo de madera mirando hacia el cielo. El viento silbaba en el exterior. Adazat sintió miedo pero, de una manera inexplicada, a la vez le invadió una telúrica sensación de satisfacción, de plenitud panteísta. Tomó conciencia de lo pequeño que era en el inmenso universo. Entonces se decidió a abrir el techo de cristal y se aupó al tejado. El viento le acarició el cuerpo. Hacía frío, pero la ocasión merecía el sacrificio. Pocas veces podía disfrutar del espectáculo de tanta estrella asomándose sobre su cabecita en la ciudad, y a la vez pasar desapercibido a los habitantes de los edificios circundantes, que se alzaban como moles oscuras y sin ojos. Se tumbó, cerró los párpados un instante y los volvió a abrir para clavar las pupilas en las constelaciones.

Debieron de pasar unos treinta minutos antes de que se decidiera a volver al interior. Cuando lo hizo, respiró profundamente, encendió una vela, se puso el pijama y bebió agua del cántaro de barro. Agua de la fuente del monte. Cómo le gustaba. Sonrió. Luego se deslizó por debajo de la cama, levantó un tablón de madera y cogió la cajita de metal que con tanto cuidado guardaba. Se sentó sobre la colcha y la abrió. Al instante percibió que alguien había revuelto su interior. Aún no sabía muy bien qué, pero algo no estaba en su sitio. Con angustia contenida, la acercó a la luz de la vela para examinarla.

Allí estaban los recuerdos que había contemplado y revisado tantas veces: el muñequito de goma que le había comprado a un vendedor callejero a beneficio de un colectivo necesitado que ya no recordaba..., las canicas que había ganado aquella tarde después de la lluvia, en el solar, lleno de charcos, de detrás de su casa, una piedra recogida en una playa, un trozo de cristal y una pluma naranja de pájaro... pero ¿dónde estaba el trozo de periódico árabe que había encontrado aquel día en la estación? ¡claro! ¡eso era lo que faltaba!